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Ezequiel 8 8 de 48 capítulos

Visión de las abominaciones en Jerusalén

1 En el sexto ańo, en el mes sexto, a los cinco días del mes, aconteció que estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí se posó sobre mí la mano de Jehová, el Seńor. 2 Miré, y vi una figura con aspecto de hombre; desde sus caderas para abajo, fuego, y desde sus caderas para arriba parecía resplandor; el aspecto era como de bronce refulgente.** Hombre: según la versión griega (LXX). Heb. fuego.Ez 1.27.3 Aquella figura extendió la mano y me tomó por las guedejas de mi cabeza; y el espíritu me alzó entre el cielo y la tierra y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén, a la entrada de la puerta de adentro que mira hacia el norte, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que provoca a celos.** El espíritu... me llevó... a Jerusalén: Esta expresión alude claramente a un estado de trance, es decir, a una experiencia de tipo extático.La imagen del celo, la que provoca a celos: Según el lenguaje del AT, todo aquello que atenta contra la soberanía del Seńor provoca sus celos. Cf. Nm 25.11; Ez 16.38,42.4 Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la visión que yo había visto en el campo.* Ez 1.28.5 Me dijo: «Hijo de hombre, alza ahora tus ojos hacia el lado del norte». Alcé mis ojos hacia el norte, y vi al norte, junto a la puerta del altar, aquella imagen del celo en la entrada.* En el antiguo Oriente solían ponerse estatuas de divinidades protectoras a la entrada de los templos, de los palacios y de las ciudades. Esta imagen se parecía probablemente a una de esas estatuas.6 Me dijo entonces: «Hijo de hombre, żno ves lo que estos hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel hace aquí para alejarme de mi santuario? Pero vuélvete, y verás aún mayores abominaciones». 7 Me llevó a la entrada del atrio, y miré, y vi un agujero en la pared. 8 Me dijo: «Hijo de hombre, cava ahora en la pared». Yo cavé en la pared, y he aquí una puerta. 9 Me dijo luego: «Entra, y ve las malvadas abominaciones que estos hacen allí». 10 Entré, pues, y miré, y vi toda forma de reptiles y bestias abominables, y todos los ídolos de la casa de Israel, que estaban pintados por toda la pared en derredor. 11 Y delante de ellos había setenta hombres de entre los ancianos de la casa de Israel, y Jaazanías hijo de Safán, en medio de ellos, cada uno con su incensario en su mano; y subía una nube espesa de incienso.* Setenta es una cifra que sugiere la idea de algo completo. Cf. Gn 46.27; Ex 24.1; Nm 11.16; Jue 1.7. Ancianos: Véase Ex 3.16 nota p.12 Me dijo: «Hijo de hombre, żhas visto las cosas que los ancianos de la casa de Israel hacen en tinieblas, cada uno en sus cámaras pintadas de imágenes? Porque dicen ellos: “Jehová no nos ve. Jehová ha abandonado la tierra”».* Dicen ellos: “Jehová no nos ve... ”. Cualquiera que sea el carácter de las representaciones pintadas en el muro, lo cierto es que el Dios de Israel ya no tenía ningún valor para estos dirigentes del pueblo.13 Me dijo después: «Vuélvete, verás que estos hacen aún mayores abominaciones». 14 Me llevó a la entrada de la puerta de la casa de Jehová, que está al norte; y vi a unas mujeres que estaban allí sentadas llorando a Tamuz.* Tamuz era un dios de la vegetación, venerado en la antigua Mesopotamia. Según la mitología asirio-babilónica, cuando el fuerte sol del verano secaba las plantas, ese dios bajaba al mundo subterráneo y se celebraba su «muerte» con ritos especiales, como el llanto de las mujeres, que aquí se menciona. Esos ritos se realizaban en el cuarto mes del ańo (junio-julio), que todavía lleva el nombre de Tamuz en los calendarios siríaco, árabe y hebreo.15 Luego me dijo: «żNo ves, hijo de hombre? Vuélvete, verás aún mayores abominaciones que estas». 16 Me llevó al atrio de adentro de la casa de Jehová, y vi que junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, había unos veinticinco hombres, con sus espaldas vueltas al templo de Jehová y con sus rostros hacia el oriente, y adoraban al sol, postrándose hacia el oriente.* Estos hombres dan la espalda al santuario, donde estaba la gloria de Jehová, y se postran hacia el oriente, sitio de nacimiento del sol. De este modo, no solo adoran a un falso dios, sino que lo hacen entre la entrada y el altar, es decir, en el recinto mismo del Templo. Cf. Dt 4.19; Ro 1.25.17 Me dijo: «żNo has visto, hijo de hombre? żEs cosa ligera para la casa de Judá cometer las abominaciones que cometen aquí? Después que han llenado de maldad el país, se volvieron a mí para irritarme; y aplican el ramo a sus narices.* Aplican el ramo a sus narices: heb.; otra traducción: Hacen que su pestilencia me llegue a la nariz. Alusión probable a las ramas de la vid que, según el historiador Estrabón, usaban en sus ritos los adoradores del sol. Al parecer, el texto hebreo dice sus narices para evitar lo que podría tener de chocante la referencia a la nariz de Dios.18 Pues también yo procederé con furor: mis ojos no mirarán con piedad, no tendré compasión. Gritarán a mis oídos con gran voz, pero no los escucharé».