1 Me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes ante ti; come este rollo, y ve y habla a la casa de Israel».* Come este rollo: Para ser el portavoz de Dios, el profeta tiene que asimilar y hacer suyas las palabras que el Seńor le comunica. Al confiar la misión profética a Jeremías, el Seńor le había dicho: He puesto mis palabras en tu boca (Jer 1.9; cf. Dt 18.18; Is 51.16), y el profeta, a su vez, había declarado: Fueron halladas tus palabras y yo las comí (Jer 15.16). En el caso de Ezequiel, esas expresiones metafóricas se transforman en una experiencia fuertemente realista y en una acción simbólica. Acerca de las acciones simbólicas de los profetas, véase Jer 13.1-11 n.2 Abrí mi boca y me hizo comer aquel rollo. 3 Me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrańas de este rollo que yo te doy». Lo comí, y fue en mi boca dulce como la miel.* Dulce como la miel: Compárese esta expresión con Ap 10.9-11.4 Luego me dijo: «Hijo de hombre, ve y entra a la casa de Israel y háblales con mis palabras. 5 Porque no eres enviado a un pueblo de habla misteriosa ni de lengua difícil, sino a la casa de Israel; 6 no a muchos pueblos de habla misteriosa ni de lengua difícil, cuyas palabras no entiendas; pero si a ellos te enviara, ellos te escucharían. 7 Pero la casa de Israel no te querrá oir, porque no me quiere oir a mí; porque toda la casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón. 8 Yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra sus frentes. 9 Como el diamante, más fuerte que el pedernal he hecho tu frente; no los temas ni tengas miedo delante de ellos, porque son una casa rebelde». 10 Me dijo: «Hijo de hombre, toma en tu corazón todas mis palabras que yo te diré, y pon mucha atención. 11 Luego ve y entra adonde están los cautivos, los hijos de tu pueblo. Háblales y diles: “Así ha dicho Jehová, el Seńor”, ya sea que escuchen o que dejen de escuchar». 12 El espíritu me elevó, y oí detrás de mí una voz de gran estruendo, que decía: «ˇBendita sea la gloria de Jehová desde su lugar!».* Bendita: Otra traducción: Al levantarse.13 Oí también el ruido de las alas de los seres vivientes al juntarse la una con la otra, y el ruido de las ruedas delante de ellos, y el ruido de gran estruendo. 14 El espíritu, pues, me elevó y me llevó. Yo fui, pero con amargura y lleno de indignación, mientras la mano de Jehová era fuerte sobre mí. 15 Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté junto con ellos. Allí, durante siete días, permanecí atónito entre ellos.
El atalaya de Israel
16 Aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 17 «Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, mi palabra, y los amonestarás de mi parte. 18 Cuando yo diga al impío: “De cierto morirás”, si tú no lo amonestas ni le hablas, para que el impío sea advertido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. 19 Pero si tú amonestas al impío, y él no se convierte de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu vida. 20 Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, y yo pongo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no lo amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no serán tenidas en cuenta; pero su sangre demandaré de tu mano.* La advertencia profética debe dirigirse tanto al impío como al al justo: al primero, para que se convierta y se decida a cambiar de vida; al segundo, para que no se desvíe del buen camino y persevere en la práctica del bien.21 Pero si amonestas al justo para que no peque, y no peca, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu vida».
El profeta mudo
22 Vino allí la mano de Jehová sobre mí, y me dijo: «Levántate y sal al campo, y allí hablaré contigo». 23 Me levanté y salí al campo; y allí estaba la gloria de Jehová, como la gloria que había visto junto al río Quebar; y me postré sobre mi rostro. 24 Entonces entró el espíritu en mí, me afirmó sobre mis pies, me habló y me dijo: «Entra y enciérrate dentro de tu casa. 25 En cuanto a ti, hijo de hombre, he aquí que pondrán cuerdas sobre ti, y con ellas te atarán y no podrás salir para estar entre ellos. 26 Haré que se te pegue la lengua al paladar, y estarás mudo, y no serás para ellos un hombre que reprende, porque son casa rebelde. 27 Pero cuando yo te haya hablado, abriré tu boca y les dirás: “Así ha dicho Jehová, el Seńor: El que escucha, que escuche; y el que no quiera escuchar, que no escuche, porque casa rebelde son”.* Este relato alude probablemente a una grave enfermedad de Ezequiel, que lo redujo por un tiempo al silencio y a la inmovilidad.
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